En una era dominada por pantallas, datos y mensajes instantáneos, la ciencia enfrenta un nuevo desafío: hacerse visible y comprensible. En Puebla, un estado con una creciente producción científica universitaria, las infografías se han convertido en un poderoso puente entre los laboratorios y la sociedad. A diferencia del texto técnico, que suele excluir a quienes no pertenecen al ámbito académico, la infografía traduce lo complejo en lo cotidiano, permite que el conocimiento se vea, se entienda y se recuerde.

Durante el periodo 2020 a 2025, diversos estudios locales e internacionales han documentado cómo el formato visual ha revolucionado la forma en que las personas aprenden y recuerdan la información. De acuerdo con un informe de MedTech Intelligence (2023), las imágenes permiten incrementar la retención cognitiva hasta en un 65 %, en comparación con la lectura o la escucha aislada, debido a que el cerebro procesa los estímulos visuales de manera más rápida y profunda.

En la misma línea, un análisis de SearchLogistics (2023) señala que los contenidos presentados en formato infográfico tienen 30 veces más probabilidades de ser leídos y compartidos en redes sociales que los artículos puramente textuales, lo que evidencia su potencial de alcance y participación. Como concluye el estudio de 99Firms (2023), la narrativa visual no solo mejora la comprensión, sino que amplifica la difusión del conocimiento científico, convirtiéndolo en una experiencia visual, pública y participativa que trasciende las aulas y llega a la vida cotidiana a través de autobuses, teléfonos y redes sociales.

El impacto en Puebla es tangible y medible. De acuerdo con un informe institucional de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP, 2024), el programa “Ciencia a bordo” ha incorporado infografías científicas en los 51 autobuses del transporte universitario, convirtiendo cada unidad en una galería móvil del conocimiento. Según los datos presentados por la universidad, más de 13 000 jóvenes utilizan semanalmente este servicio, lo que representa un alcance directo y sostenido en la comunidad estudiantil.

Video Reportaje: Impacto de "Ciencia a Bordo" en la rutina universitaria.

Contextualización: la revolución visual en la comunicación científica

Durante siglos, la divulgación científica dependió casi exclusivamente del texto escrito: artículos, informes, manuales o conferencias que reservaban el conocimiento para quienes dominaban el lenguaje técnico. Sin embargo, el siglo XXI ha cambiado las reglas del juego. En una sociedad que procesa millones de estímulos visuales al día, la atención se ha convertido en un recurso escaso, y la capacidad de retener información, en un desafío compartido entre científicos y comunicadores.

De acuerdo con el informe de MedTech Intelligence (2023), el cerebro humano puede procesar una imagen 60 000 veces más rápido que una palabra escrita, y el recuerdo asociado a lo visual puede mantenerse activo durante semanas. Este fenómeno, conocido como el “efecto de superioridad de la imagen”, ha sido replicado en numerosos estudios de neurociencia cognitiva. La razón es simple: el cerebro no “lee” imágenes, las interpreta de forma global, conectando patrones, colores y metáforas visuales con la memoria a largo plazo.

La ciencia de la comunicación también ha documentado esta diferencia. En un estudio citado por Training SC (2025), los participantes que recibieron información en formato infográfico mostraron una retención del 400 % superior frente a quienes solo leyeron texto. De forma paralela, investigaciones del ámbito médico publicadas por PubMed (2020) confirmaron que la exposición a contenidos visuales aumenta en promedio 23.8 puntos porcentuales el rendimiento en pruebas de comprensión.

Estas cifras no solo hablan de eficacia pedagógica; también revelan una transformación cultural. Hoy, el conocimiento científico ya no se transmite únicamente: se visualiza. Las infografías condensan el dato, el relato y el contexto en un solo formato accesible, cumpliendo una función doble: democratizan el acceso al conocimiento y fortalecen la confianza del público en la ciencia.

El auge post-pandemia

El auge de este formato no es casual. La llamada “infografía científica” surgió en universidades y centros de investigación como una respuesta a la crisis de comunicación durante la pandemia de COVID-19 (2020–2021). En un escenario de incertidumbre y desinformación, los organismos de salud y las instituciones académicas recurrieron al lenguaje visual para explicar protocolos, curvas epidemiológicas y conceptos complejos (como inmunidad de rebaño o tasa de contagio) de manera rápida y comprensible.

El impacto fue inmediato. Las campañas que incorporaron material visual lograron alcances digitales hasta tres veces mayores que las publicaciones textuales, y los niveles de comprensión ciudadana aumentaron de forma significativa (SearchLogistics, 2023). De ahí en adelante, la infografía dejó de ser un complemento estético para convertirse en un instrumento estratégico de alfabetización científica.

En Puebla, este cambio fue especialmente visible en el ámbito universitario y gubernamental. La BUAP y el Comité Estatal de Información Estadística y Geográfica de Puebla (CEIGEP) comenzaron a desarrollar programas sistemáticos de comunicación visual entre 2022 y 2024. Ambas instituciones comprendieron que la sociedad actual no solo necesita datos, sino narrativas visuales que den sentido a esos datos.

Metodología y hallazgos: los números detrás del impacto

El auge de las infografías en la divulgación científica no responde a una moda visual, sino a una transformación medible en la manera en que las personas aprenden, recuerdan y comparten información. Detrás de su aparente sencillez (gráficos, íconos, datos y breves fragmentos de texto) existe una sólida base cognitiva que explica su efectividad comunicativa.

Evidencia internacional: Diversos estudios coinciden en que el aprendizaje visual supera ampliamente al textual. Según el informe The Power of Visuals de MedTech Intelligence (2023), las personas recuerdan en promedio solo el 10 % de la información que leen o escuchan, mientras que retienen hasta el 65 % cuando el mensaje se presenta con imágenes. Este fenómeno ha sido replicado en contextos educativos, científicos y publicitarios.

Por su parte, un metaanálisis realizado por Training SC (2025) evidenció que el uso de materiales visuales incrementa la retención del conocimiento en un rango de 250 % a 400 % frente a materiales textuales tradicionales. En pruebas controladas de comprensión lectora, los participantes expuestos a infografías respondieron correctamente 1.5 veces más preguntas que aquellos que estudiaron el mismo contenido sin apoyo visual.

El papel de la estética y el diseño

No obstante, la eficacia de las infografías no depende únicamente del contenido, sino de su diseño. Un análisis de SearchLogistics (2023) determinó que los colores contrastantes y la organización jerárquica de la información pueden aumentar la atención y memoria del receptor hasta en un 82 %. Asimismo, la inclusión de elementos icónicos (figuras, flechas, líneas narrativas) reduce en promedio 39 % el tiempo necesario para comprender la información clave.

Estos datos demuestran que el diseño de información no es un adorno, sino una herramienta cognitiva. El estudio “El diseño de información en la comunicación de la ciencia” de Gràfica (2023) concluyó que una infografía efectiva debe combinar tres factores esenciales: claridad, narrativa y precisión.

Casos locales: Puebla como laboratorio de innovación visual

La transformación de la comunicación científica no es un fenómeno global abstracto; en Puebla ha adquirido rostro, nombre y cifras concretas. A lo largo del periodo 2020–2025, la capital poblana y sus instituciones académicas han emergido como un modelo regional en el uso de las infografías para acercar la ciencia al público.

Ciencia a bordo: la universidad que lleva el conocimiento sobre ruedas

En marzo de 2024, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) lanzó el programa “Ciencia a bordo”, una iniciativa que instaló infografías científicas en los 51 autobuses del transporte universitario. Cada vehículo se convirtió en una galería móvil con información sobre investigaciones, descubrimientos y proyectos de distintas facultades. La idea era sencilla pero poderosa: llevar la ciencia a donde están los estudiantes, transformando los trayectos cotidianos en momentos de aprendizaje y curiosidad.

La respuesta fue abrumadora. En la primera convocatoria se recibieron 246 propuestas elaboradas por docentes, investigadores y alumnos de posgrado. De ellas, se seleccionaron 102 infografías para la primera fase de exposición. Según datos proporcionados por la propia universidad, más de 13 000 jóvenes acceden semanalmente al transporte universitario, lo que significa un impacto directo y sostenido sobre la población estudiantil (BUAP, 2024).

“Las infografías son herramientas que captan la atención en segundos y despiertan el interés por aprender. La ciencia necesita contarse con imágenes, porque solo así llega a todos.” — Lilia Cedillo Ramírez, Rectora BUAP

Esta declaración resume la filosofía del proyecto: la ciencia no debe permanecer confinada en artículos o laboratorios, sino integrarse a la vida cotidiana. A través de este programa, la BUAP ha convertido el transporte público en un espacio educativo móvil.

El CEIGEP y la divulgación pública a través del dato visual

A nivel gubernamental, el Comité Estatal de Información Estadística y Geográfica de Puebla (CEIGEP) también ha apostado por la comunicación visual como vía para fortalecer la transparencia y el acceso a la información científica. Desde 2021, el CEIGEP publica de forma constante infografías temáticas sobre medio ambiente, cambio climático, demografía y salud.

Según informes internos, el tráfico web hacia la sección de infografías del CEIGEP aumentó un 87 % entre 2022 y 2024, con más de 45 000 visitas únicas anuales. Este crecimiento demuestra que la ciudadanía no solo busca información, sino que la prefiere en formatos visuales, breves y comprensibles.

En palabras de la analista de datos Mónica Vargas: “El reto no es generar estadísticas, sino lograr que la gente las entienda. La infografía convierte los números en historias, y las historias en conocimiento compartido.”

Contrastes y voces expertas

En toda transformación científica y comunicativa, la mirada crítica resulta esencial. Si las infografías han conquistado aulas, autobuses y redes, no es solo por su atractivo visual, sino porque responden a una necesidad histórica: volver comprensible lo complejo sin perder rigor. No obstante, su creciente popularidad también ha suscitado debates sobre sus límites y su uso ético.

Entre la precisión y la simplificación

Para el comunicador visual Dr. Carlos Martín Álvarez, investigador en diseño de información de la Universidad Autónoma de Barcelona, el desafío principal de una infografía científica es equilibrar claridad con exactitud: “Una infografía no debe traducir literalmente los datos, sino interpretarlos sin distorsionarlos. El problema surge cuando el afán de simplificar lleva a la pérdida de contexto o a una lectura emocional del dato. En ciencia, eso puede ser tan grave como una imprecisión estadística.”

La visión de los divulgadores

Desde la perspectiva del periodismo científico, las infografías son estructuras narrativas. La divulgadora mexicana Aleida Rueda, presidenta de la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia, explica: “La visualidad no es solo una cuestión estética; es un método cognitivo. Cuando contamos la ciencia con imágenes, permitimos que la gente la entienda desde su experiencia sensorial y emocional. Y eso fortalece el pensamiento crítico.”

El periodista científico Eduardo López, colaborador de Ciencia BUAP, coincide: “Una buena infografía no trivializa el conocimiento, lo ilumina. Traducir no significa simplificar, significa reinterpretar con precisión.”

Mirada crítica: riesgos y desafíos

No todos los expertos son igual de entusiastas. El académico Dr. Jorge Hernández Porras, de la BUAP, advierte sobre el riesgo de convertir la visualidad en espectáculo: “Existe una tendencia a medir la eficacia de la divulgación por el número de ‘likes’ o compartidos. Pero la ciencia no puede reducirse a métricas de marketing. La infografía debe informar, no seducir.”

Implicaciones sociales y educativas

La revolución visual que vive Puebla no se limita a los espacios académicos; ha comenzado a transformar la manera en que las personas aprenden, interpretan y se relacionan con el conocimiento. En un entorno saturado de información digital, las infografías se han consolidado como un antídoto frente a la complejidad.

Entre 2020 y 2025, diversas facultades de la BUAP y la IBERO Puebla han integrado la creación de infografías como herramienta de aprendizaje activo. El modelo ha mostrado resultados notables: los estudiantes que elaboran infografías científicas reportan incrementos del 30 % en su capacidad de síntesis y del 25 % en su comprensión conceptual.

En el ámbito social, las infografías han demostrado ser una herramienta de alfabetización científica. A diferencia de los informes técnicos, el formato visual permite que sectores no académicos accedan a la información científica sin intermediarios. Encuestas del Observatorio de Comunicación Pública BUAP (2025) indican que 7 de cada 10 jóvenes considera que la ciencia es “más comprensible y cercana” cuando se presenta en formato visual.

Como concluye la investigadora Aleida Rueda (2025): “La alfabetización científica del siglo XXI no se medirá solo por lo que la gente sabe, sino por lo que es capaz de interpretar visualmente. Quien comprende una infografía científica, comprende un fragmento del mundo.”

Cierre y reflexión conclusiva

En Puebla, la ciencia ha encontrado un nuevo idioma: el de las imágenes. Lo que antes se confinaba a los laboratorios, hoy circula en autobuses, redes sociales y espacios públicos. Los números son claros, pero su significado va más allá. El 65 % de retención visual o el 400 % de mejora en comprensión representan una nueva manera de pensar y de aprender la ciencia.

Esta transformación también implica responsabilidad. La divulgación científica visual no debe perseguir la viralidad, sino la veracidad. Al mismo tiempo, el auge de lo visual abre una oportunidad inédita para América Latina: construir una identidad regional de comunicación científica.

El camino que Puebla ha trazado es el testimonio de una nueva alfabetización, visual, científica y emocional, donde el conocimiento deja de ser privilegio y se vuelve patrimonio colectivo. Porque divulgar ciencia —a través de una infografía, un gráfico o una historia visual— no es solo comunicar datos, es construir una cultura del entendimiento. Y quizá ahí, entre colores, cifras y trazos, esté la esencia del futuro: una ciencia que se mira, se siente y se comparte.